Repercusión de los tipos de edades
en el envejecimiento. ¿A qué edad
empezamos a envejecer?
At what age does the aging process begin?
Introducción
El envejecimiento se puede definir como la pérdida de las funciones normales del organismo con el paso del tiempo1. Es un proceso complejo y sobre sus causas hay muchas teorías, pero ninguna de ellas explica enteramente por qué envejecemos. Aunque no sabemos las causas, sí conocemos los cambios moleculares y celulares que ocurren con la edad. A nivel celular podemos mencionar los daños en el ADN, cambios epigenéticos, acortamiento de telómeros, agregación de proteínas, daños en las mitocondrias, y acumulación de la “basura” molecular. A nivel celular se produce acumulación de células no deseadas (adipocitos y células senescentes), disminución del número y la capacidad funcional de las células madre, y un aumento de la inflamación crónica de bajo grado. Paralelamente, se conocen todos aquellos factores que acortan y alargan la vida. Por ejemplo, el sedentarismo, el estrés, la falta de descanso, una alimentación inadecuada y fumar afectan negativamente a la longevidad. Fruto de todos estos conocimientos, las expectativas de vida en nuestro país aumentan de forma lineal alrededor de unos 2,5 meses por año2. Es decir, cada vez hay una mayor proporción de personas con más edad.
Envejecimiento saludable y fragilidad
Todos los organismos envejecen a más o menos velocidad y con diferente percepción. Pero se puede envejecer “fisiológicamente” o con enfermedad. Es decir, podemos envejecer saludable o patológicamente, aunque el envejecimiento en sí mismo también podría ser considerado una enfermedad, al menos es la causa de muchas de ellas. Si el envejecimiento de la población es una verdadera carga para los sistemas sanitarios, aún lo sería más si se envejeciera con enfermedad, sin autonomía motora para llevar a cabo las actividades de la vida diaria o con deterioro cognitivo; de aquí la importancia de predecir qué personas pueden convertirse en pacientes frágiles y, posteriormente, en dependientes.
Una persona frágil es aquella que, por diversas razones, tiene una vulnerabilidad física, cognitiva o social que la hace más susceptible a sufrir daños, dificultades o estrés. La fragilidad puede manifestarse en distintos ámbitos de la vida y no siempre es permanente; puede ser temporal o evolucionar según las circunstancias hacia la dependencia.
La fragilidad depende de tres factores fundamentales: factores físicos, emocionales y psicológicos; a los que se suman los factores sociales, ambientales y económicos. Entre los primeros podemos considerar la existencia de enfermedades crónicas, la desnutrición o la sarcopenia, debida a la falta de actividad física. Dentro de los segundos se incluyen experiencias traumáticas o estrés prolongado, trastornos como la depresión o la ansiedad, y deterioro cognitivo. Entre los factores sociales están el aislamiento social o falta de apoyo familiar o de amigos, situaciones de violencia o abuso, exclusión o discriminación. Los factores ambientales y económicos son condiciones de vida precarias, la falta de acceso a recursos médicos o psicológicos y la inseguridad laboral o económica.
Las consecuencias de ser una persona frágil pueden variar dependiendo del tipo de fragilidad y del contexto, pero incluyen mayor riesgo de enfermedades y dificultades para recuperarse, problemas emocionales y mentales, como ansiedad, depresión o falta de motivación, dificultad para enfrentar desafíos y cambios en la vida, dependencia de otras personas para el cuidado y apoyo, aislamiento social y pérdida de relaciones. La fragilidad se puede diagnosticar mediante una serie de escalas3. Sin embargo, la fragilidad no es necesariamente una condición permanente. Con el apoyo adecuado (médico, emocional y social), una persona puede fortalecerse y superar sus vulnerabilidades.
Medicina antienvejecimiento y geriatría
La medicina antienvejecimiento y la geriatría se enfocan en el envejecimiento, pero desde perspectivas diferentes. Al principio, hemos definido el envejecimiento como una pérdida progresiva de las funciones fisiológicas, que puede producirse de forma lenta o rápida, pero que tiene lugar tarde o temprano. Para retrasar esta pérdida, la medicina antienvejecimiento se centra en trasladar a la clínica todos los resultados de investigación sobre los efectos beneficiosos de la dieta, de los biorritmos, de la actividad física, del descanso, los antioxidantes, etc. Si bien el nombre de esta disciplina puede no ser acertado, porque el prefijo “anti” denota aversión al envejecimiento, sus fines y objetivos son la prevención y la detección temprana de los trastornos relacionados con la edad. Si se tiene en cuenta que cualquier cambio molecular que ocurre con la edad puede producir una enfermedad, y que la edad afecta a todos los órganos del cuerpo, el objetivo es enorme. Todos los cambios moleculares terminan afectando la fisiología celular.
La medicina antienvejecimiento se centra en prevenir, retrasar o revertir los efectos del envejecimiento en el organismo. Su enfoque es proactivo y preventivo, buscando mejorar la calidad de vida antes de que aparezcan enfermedades relacionadas con la edad. Incluye tratamientos como terapias hormonales, antioxidantes, suplementos, nutrición, ejercicio y procedimientos estéticos. Se basa en investigaciones sobre el envejecimiento celular y estrategias para prolongar la longevidad con salud. No es una especialidad médica oficial reconocida en muchos países, pero es un campo en expansión dentro de la medicina regenerativa y del bienestar.
La geriatría sí es una especialidad médica reconocida que se centra en el diagnóstico, tratamiento y cuidado de las personas mayores, especialmente aquellas con múltiples enfermedades o síndromes geriátricos y cuya evolución está condicionada por factores psicológicos o sociales. Los geriatras se ocupan de todos los aspectos de la salud individual (física, funcional, cognitiva, psicológica, nutricional, social, etc.)4. Su objetivo principal es mejorar la funcionalidad y la calidad de vida de los adultos mayores, manejando enfermedades crónicas como demencia, osteoporosis, diabetes y enfermedades cardiovasculares. Se centra en un enfoque integral, considerando factores médicos, sociales, psicológicos y funcionales. Las condiciones comunes que afectan con frecuencia al paciente geriátrico van más allá de las definiciones estrictas de enfermedad y del manejo convencional de las patologías individuales. El objetivo de la geriatría es integrar el manejo de estas condiciones para preservar la función, al igual que la medicina antienvejecimiento, y mantener la autonomía durante el mayor tiempo posible. Las diferencias claves entre las dos disciplinas se reflejan en la Tabla I.

Si bien los recursos específicos de atención geriátrica están destinados precisamente al colectivo de personas mayores, las consultas geriátricas también abordan la salud y el bienestar de adultos que gozan de buena salud y llevan una vida independiente y autónoma. De hecho, es muy acertado que estas personas recurran a los geriatras como médicos de atención primaria. Ambas disciplinas pueden complementarse, ya que la prevención del envejecimiento saludable puede reducir la incidencia de enfermedades geriátricas en el futuro.
Edad y tipos de edades
El concepto de edad, utilizado de forma más corriente, se refiere al período de tiempo transcurrido desde el nacimiento hasta el momento concreto de la vida de una persona. A este tipo de edad, que sólo es un número, se le denomina “edad cronológica” y está determinada simplemente por el año de nacimiento. Esta edad se suele usar, por ejemplo, para considerar a una persona “mayor de edad”, para establecer cuando podemos empezar a conducir (según el país), o puede tener una utilidad estadística para comparar las estructuras poblacionales de determinadas zonas geográficas.
Aparte de esta edad, existen otros tipos de edades que, desde el punto de vista del envejecimiento, aportan más información, ya que personas de la misma edad cronológica pueden haber envejecido de formas muy diferentes (según como se hayan cuidado, y en función de su genética y epigenética); es decir, dentro del mismo grupo de edad, hay personas que mantienen mejor cualquiera de las funciones fisiológicas (hepáticas, visual, renal, cerebral y otras), envejeciendo más lentamente que aquellas que presentan una velocidad de envejecimiento normal o prematura. Es entonces cuando hablamos de “edad biológica”, que hace alusión al grado de funcionalidad que se mantiene cuando se envejece en relación con la media de la población. Hay una gran variabilidad en la manera de envejecer y diversos marcadores predicen esta edad biológica5.
El tercer tipo de edad es la “edad subjetiva”, es decir, la edad que uno percibe que tiene. Independientemente de la edad cronológica que se tenga, las personas pueden sentirse jóvenes o envejecidas. Cuando se goza de buena salud y se está en forma, hay más tendencia a sentirse joven. Por el contrario, sufrir una fractura hace que las personas se sientan mayores debido a que sufrirlas se asocia a la vejez y este sentimiento tiene efectos negativo para la salud6,7. También, se suele decir “me siento viejo” cuando la persona ya no puede o no se atreve a hacer algo físico que siempre ha venido haciendo. Sentirse con menos edad de la que se tiene aporta ventajas desde el punto de vista del bienestar8,9. Se ha visto que quienes se sienten más jóvenes tienen materia gris más gruesa y sufren menor deterioro relacionado con la edad10. Obviamente, no está claro si sentirse joven ayuda a las personas a mantenerse saludables o, por el contrario, si quienes ya están saludables tienden a sentirse más jóvenes.
El último tipo de edad sería la percibida por terceras personas, es decir, los años que otras personas piensan que uno tiene (la edad que “te echan”) o la edad que se aparenta de cara a los demás. A medida que se cumplen años, coinciden en el rostro tres procesos naturales que van cambiando el aspecto y que contribuyen a la percepción del envejecimiento: la pérdida de grasa facial, la resorción ósea y la flacidez. Y, como no, el tipo de mirada, porque al envejecer se suele tener mirada triste y/o de cansancio. Todos estos factores repercuten en la edad que estiman los demás. En este envejecimiento juega un papel crucial la exposición al humo del tabaco y a la radiación solar, sin olvidar la genética de la piel; no obstante, pensando siempre que el envejecimiento es muy variable.
El envejecimiento tiene consecuencias personales porque limita, deprime, causa rechazo y soledad, hay gente que tiene miedo a decir la edad porque nadie quiere ser llamado viejo, anciano o perteneciente al grupo de la tercera edad. De hecho, se usan eufemismos (seniors, veteranos…) porque no todo el mundo se identifica o se reconoce como perteneciente a este colectivo de personas mayores; muchas son muy activas, manejando las nuevas tecnologías, haciendo deporte, disfrutando de la vida, de viajar, de aprender, y de conocer gente nueva.

Cuando se consideran estos cuatro grupos de edad (Tabla II), el binomio envejecimiento-edad cronológica supone una visión simplista; sería más apropiado asociar la vejez con otras variables como el estado de salud, el nivel de actividad o la dependencia y no hacerlo de forma simplista con la edad.
Cuándo considerar a una persona vieja
Desde un punto de vista cualitativo, podríamos considerar que la vejez es una etapa de la vida en la que los síntomas del envejecimiento se hacen más evidentes. No hay una única respuesta para determinar cuándo una persona se considera “vieja”, ya que esto depende, como se ha visto, de factores biológicos, sociales y culturales. Teniendo en cuenta el continuo aumento de las expectativas de vida, la edad a la que se consideraba a las personas viejas hace 20 años no coincide con la visión actual.
Para clasificar a las personas dentro del grupo de “personas viejas”, se han usado distintos criterios, más o menos objetivos. El objetivo de esta clasificación obedece más a la obtención de datos demográficos poblacionales que, por ejemplo, permitan la planificación de políticas de asignación de recursos sanitarios y de pensiones. Para este fin, se suele usar como criterio la edad cronológica. Por ejemplo, la OMS ha considerado viejas a las personas con una edad igual o superior a 60 años11. Por otro lado, los 65‑67 años, que es la edad de jubilación estándar, parece que marcan una frontera entre tener y no tener unas capacidades y actitudes para trabajar. Ese límite, también puede ser interpretado como un criterio para considerar vieja a una persona. Aunque, obviamente, teniendo en cuenta la heterogeneidad en la manera de envejecer, la edad de jubilación tampoco tiene utilidad para marcar la entrada en la vejez, ya que a esa edad muchas personas se mantienen activas y productivas. Otra manera de considerar a una persona vieja es en función de los años que le quedan de vida y no los años que ha cumplido12. Por ejemplo, cuando se tiene una edad de 15 años o menos que las expectativas de vida del país en el que vive.
Desde la perspectiva de la edad biológica, según los resultados de los marcadores usados para medirla, se habla de “personas envejecidas” siempre que la edad biológica está por encima de la media. Sin embargo, a cualquier edad, se pueden encontrar personas más envejecidas que la media etaria de la población que estudia debido a un envejecimiento acelerado. Una persona puede considerarse “vieja” a los 50 años si experimenta numerosas limitaciones. En cualquier caso, una persona de 65 años de ahora no es lo mismo que una de 65 de décadas anteriores. Ahora se está en mejores condiciones y no tienen nada que ver con el concepto de personas dependientes asociada al envejecimiento. En este sentido un concepto importante es el de “expectativa de vida libre de discapacidad” (EVLD), que es el número de años que vive una persona sin tener problemas serios de salud, entendiendo por tales aquellos que los obliga a una hospitalización. Si bien hay pocas diferencias en las expectativas de vida entre las distintas regiones de España, sí las hay en cuanto a EVLD. En Andalucía, por ejemplo, la EVLD es una de las más bajas, lo cual podría ser debido a la alimentación (abuso de los fritos, alimentos hiper cocinados, etc.).
En relación a la percepción de sentirse viejo, cabe destacar un estudio reciente en el que se analizó cómo la percepción individual de la vejez cambia a medida que se envejece13. A la edad de 64 años, el promedio de los participantes expresó que la etapa de la vejez se iniciaba a los 74,7 años. Cuando estos mismos participantes tenían 74 años, consideraban que la vejez empezaba a los 76,8 años. En promedio, la percepción del comienzo de la vejez aumentó aproximadamente un año por cada cuatro o cinco años de envejecimiento real.

Desde el punto de vista de la percepción de terceras personas, aparte de lo que hemos comentado, también se clasifican a las personas viejas de forma subjetiva, y esto se basa en que la edad que uno aparenta pasa por distintas fases en las que existen momentos críticos. Hasta los 55 se puede tener y mantener aspectos de persona joven. Después hay una fase hasta los 68‑70 años en la que el envejecimiento de la persona parece haberse detenido, obviamente si la persona se cuida. A partir de los 70, los signos del envejecimiento se hacen más patentes. A esta edad suele haber un cambio significativo en cuanto a la edad que se aparenta. Y, por supuesto, a los nonagenarios claramente se les adivina la edad (Figura 1).
Todo lo anterior alude a los signos de envejecimiento que se manifiestan externamente en función de cómo nos hayamos cuidado y la genética que se tenga. Pero a nivel molecular hay que mencionar dos trabajos, en el que se analizaron los niveles de proteínas del plasma a lo largo de los años en personas jóvenes y mayores. En el primero de ellos se pone de manifiesto que el envejecimiento del cuerpo humano es un proceso que ocurre paulatinamente14. Sin embargo, dicho proceso no se desarrolla a una velocidad constante a lo largo de la vida, sino que su progresión es variable. Existen tres edades específicas en las que se observa una aceleración en el ritmo de envejecimiento: a los 34, 60 y 78 años.
En el segundo de estos trabajos15, los resultados coinciden con el anterior, en el sentido de que el envejecimiento no es un proceso lineal, pero difiere en el número de “saltos” en esa progresión lineal, ya que se describen dos, en lugar de tres, las edades en las que se envejece de forma precipitada. Esto ocurre a los 44 y a los 60 años, lo cual podría explicar los picos de problemas de salud a determinadas edades. De hecho, hasta los 44 gozamos de lo que se podría denominar “vida libre de enfermedad”, en la que empiezan a aparecer de forma general alteraciones que se empiezan a diagnosticar. Y a los 60 empiezan a aparecer problemas serios de salud que determinan, como se ha comentado, la EVLD. Lo importante de estos estudios es que sugieren la existencia de ventanas temporales en las que las intervenciones antienvejecimientos resultan críticas.
Rejuvenecer los tipos de edades
Sobre la edad cronológica nada se puede hacer, ya que está determinada por la fecha de nacimiento y el número de años transcurridos desde entonces. Sí se puede actuar sobre la edad biológica. Si ésta es mayor que la cronológica, se dispone de toda una serie de estrategias de actuación que, en conjunto, se corresponden con las recomendaciones de la medicina antienvejecimiento. Bajar la edad biológica significa optimizar la salud celular y metabólica para que el cuerpo funcione como si fuera más joven que su edad cronológica. Aquí se incluyen los distintos tipos de intervención nutricional de cuyos efectos beneficiosos existen evidencias científicas (dieta antiinflamatoria, restricción calórica o ayuno intermitente, por sus efectos beneficiosos sobre la autofagia)16. También, el ejercicio, bien a base de entrenamiento de fuerza y/o ejercicio cardiovascular moderado (mejora la función mitocondrial, la salud cardiovascular, estimula la producción de hormona del crecimiento y mejora la sensibilidad a la insulina). Importante es la optimización del sueño, lo cual favorece la regeneración celular y la producción de melatonina, que es un potente antioxidante.
Otro pilar importante es el control del estrés y el bienestar mental para reducir los efectos del cortisol, una hormona que acelera el envejecimiento, y mejorar el estado de ánimo. Mantener un equilibrio hormonal es, sin duda, clave. La hormona del crecimiento se estimula con ejercicio y ayuno. La testosterona y los estrógenos mantienen la masa muscular, el vigor y el bienestar. A todo esto, se debe añadir una suplementación diseñada con buen criterio, diferenciando los suplementos que habría que tomar diariamente para evitar síndromes carenciales subclínicos consecuentes a una pobre alimentación.
También es importante cuidar lo que tocamos, lo que bebemos, lo que respiramos, lo que comemos porque el ambiente, el agua, los alimentos, los cosméticos y los productos de higiene personal están repletos de sustancias (disruptores endocrinos) que nos envejecen y enferman; a pesar de estar permitido su uso. Todas estas actuaciones aplicadas de manera consistente reducen la edad biológica y mejoran la salud a largo plazo.
En referencia a la edad autopercibida, se pueden citar varias referencias singulares que sugieren que para sentirse más joven se podría tomar como ejemplo a los niños pequeños, los cuales están activos muchas horas al día17, ríen mucho más que los adultos18, están llenos de curiosidad y hacen muchas preguntas19. Por tanto, sentirse como un niño mejora la edad percibida, ya que esas tres cualidades de los pequeños facilitan el establecimiento de relaciones sociales y son un buen antídoto contra la temida soledad de las personas mayores.
No menos importante es la postura corporal. Se ha sugerido que las expresiones no verbales de dominio y de prestigio (espalda recta y hombros atrás) repercuten en la autopercepción. Así, cuando los participantes en el estudio tomaron estas poses se sintieron mejor y estaban más seguros que cuando tomaron posiciones corporales contractivas o encorvadas20. Todas estas actitudes ayudan a que las personas se sientan más jóvenes, tengan una materia gris más gruesa y se sufra menos deterioro con la edad6,7,10,21,22.
La edad que los demás perciben depende de múltiples factores que van desde la apariencia física hasta la actitud y el estilo de vida. Para proyectar la mejor imagen basta con cuidar la piel mediante la aplicación constante de una cosmética de calidad y el uso de protección solar diaria. Asimismo, recurrir a los tratamientos médico-estéticos, que no solo mejoran la imagen sino la salud y el bienestar, es totalmente apropiado. También es importante gesticular con energía al expresar emociones para demostrar vitalidad y evitar un tono de voz apagado o cansado; porque hablar con entusiasmo, con pasión proyecta una imagen fresca. Mejorar la edad percibida no solo es cuestión de apariencia, sino de actitud y energía positiva.
A modo de conclusiones
Claramente, si se siguen todas las indicaciones mencionadas se puede retrasar bastante la pérdida de las funciones que se producen con la edad y mejorar todas las edades, pero no se evita el envejecimiento. No se valoraría la vida si esta durase siempre y en algún momento tendremos que enfrentarnos a su fin. Es una cuestión natural: nacemos, crecemos, envejecemos y morimos.
Tarde o temprano, lo físico nos abandona y es aquí donde entra en juego la belleza interior. Por mucho que cuidemos nuestro cuerpo, la belleza física tiene fecha de caducidad. Esta belleza exterior no es más que el encanto de un instante, y desaparece lentamente ante nuestros ojos, sin que podamos, de momento, hacer absolutamente nada. Nuestros intentos de perpetuar la belleza física que tenemos en la juventud cada vez se van a volver menos eficientes, puesto que arrugas, canas, enfermedades, metabolismo lento van a entorpecer nuestra meta de conservarnos bellos. La belleza exterior se extingue de forma inevitable, y sólo provoca un apego doloroso a lo efímero, a lo perecedero. Es entonces cuando la única belleza que nos queda es la que albergamos en el interior, que no pasa de moda, se puede nutrir con el paso de los años y va de la mano con nuestros aspectos positivos y se ve reflejada en nuestros actos de sensibilidad, ternura, creatividad e inteligencia. Esa es la que hay que conservar porque es la que nos puede acompañar hasta nuestros últimos días, la que iluminará nuestro mundo cuando la juventud, lozanía y belleza exterior desaparezcan. Y es la que nos permite mostrar lo mejor de nosotros mismos, porque no solo no decae, sino que se renueva cada día, siempre y cuando también la cuidemos.
La belleza interior es espectacularmente poderosa. No existe ninguna cirugía que pueda cambiarla y somos los responsables de cultivarla, ya que es la fuente inagotable del bienestar psíquico. No hay que preocuparse tanto si la belleza y juventud acaban y aparecen las arrugas en la piel, porque esto es un proceso natural; lo que sí es trascendentalmente peligroso es dejar que la belleza interior se opaque y se nos arrugue el espíritu.
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